7.24.2010

Hace mucho que había leído este soneto. En verdad fue muy bueno reencontrarme con su voz:

POSESIÓN
Se nublaron los cielos de tus ojos,
y como na paloma agonizante,
abatiste en mi pecho tu semblante
que tiñó el rosicler de los sonrojos.
Jardín de nardos y de mirtos rojos
era tu seno mórbido y fragante,
y al sucumbir, abriste palpitante
las puertas de marfil de tus hinojos.
Me diste generosa tus ardientes
labios, tu aguda lengua que cual fino
dardo vibraba en medio de tus dientes.
Y dócil, mustia, como débil hoja
que gime cuando pasa el torbellino
gemiste de delicia y de congoja.

Efrén Rebolledo

7.10.2010

La necesidad del Pulpo


Hace unos días platicaba con algunas personas (de corte científico) que con furia me reclamaban el sentido falso del mito. Yo no lo podía creer, afirmaban un mundo sin imágenes, sin sustancia imaginaria; su única representación esencial del mundo era la famosa escala binaria y verde de números otorgados por la película Matrix. Yo sostenía (aún lo hago) que al final de cuentas, esa propuesta de la sustancia de conocimiento era una manera imaginaria, puesto que los números -en su obstinada comprobación- no se pueden tocar. La discusión terminó con la noche y la bebida.
Lo inédito sucedió hace algunos días, todo por supuesto en el marco del Mundial de soccer en Sudáfrica. Las mismas personas estaban totalmente convencidas de la capacidad profética del Pulpo. Era como un cambio de mentalidad, de cerebro. Sus hipótesis y favoritismos se anclaban a lo que el Pulpo decía, o mejor dicho, hacia donde el pulpo movía la pelotita en el agua. Frase ya común: "El Pulpo no se equivoca".
Salí fastidiado de dicha plática. Me niego a creerlo. Por supuesto que tengo en mente y creo, además, que el hombre necesita un aferramiento o mejor dicho una seguridad del futuro, que le pueda dar una justificación plena de su pasado y su presente perpetuo. Los tiempos deben ser mejores. Por ello a voz y el aliento que, no es algo gratuito, alienta, te llena de voz y de seguridad. El oráculo de Delfos y su sitio; el Tabernáculo, las tablas de la ley y lo oral; los Templos y la Biblia, son resguardos de esa palabra, de ese aliento que si bien no consta de algún hecho tangible, al menos (no menos, claro) otorgan una maravilla y ensoñaciones de símbolos, imágenes, palabras, creaciones, etcétera.
Me niego a creerlo. Prefiero hacer caso a esa palabra de Tiresias el andrógino, al Moisés que arrojó, con violencia, las primeras tablas de la Ley a becerro de oro; al Hermes que aparecía como principal mensajero; a las Ninfas y la luz de Apolo; que a un simple pulpo con una pelitota, en un frasco con agua, con 20 científicos "comprobando" su nula y coincidente verdad.

7.08.2010

El rayo de Zeus, el Sol de Apolo y la caverna alumbrada


Es la violencia del lenguaje. La trama oculta y el pacto, en silencio, que otorgaron los dos dioses de la luz. Uno en su rayo violento, el otro en la delicadeza, en la fortuna de agrandar las formas y la palabra. Bien lo supo Prometeo, por ello no le bastó robar una flama, lo hizo en toda su violencia y el efímero. Más la caverna sigue oscura, El progreso no se afana de un proyecto dominador y positivista; tener la palabra es tener la manera de dominar los límites del mundo, su agonía. La llama, el rayo, sólo condicionó una vida "confortable" en la caverna; la palabra, el lenguaje, la grandeza de la luz te contiene en formas inherentes, infinitas, inabarcables. René Magritte lo entendió por entero. No sólo jugó con su destreza de las palabras y las cosas, sino que llevó a su poética a los límites de su lenguaje-poética, tanto de la pintura, de la palabra, de la cosa en sí misma. Con su forma y pincelada, los estadios salieron a la muestra del mundo, a sus fronteras. La llama sigue ahí, consumiéndose, con un fin anunciado y predecible; no obstante la obra se encuentra situada en el centro de la luz y sus designios y, salvo por una suerte de amapola, la pintura será eterna. El hombre se ufana de controlar la llama, de levantarla en la cima de la oscuridad. No tiene la fortuna de que mientras el mundo no se nombre, afuera seguirá estando intermedio el silencio, la sutileza, la llama y en al fondo, en la noche, el hombre y su miedo, su condición.

6.28.2010

En el Ombligo de la Luna

Me siento extrañado y al mismo tiempo con tanta familiaridad. Es una rareza de sentidos, de estados de ánimo; una vertiginosa muestra de lo que La Ciudad ofrece. De alguna manera creo que me vuelve y me jala, me dislumbra y me toma en la noche. Alguien dijo alguna vez que pararse en el centro del mundo era como la mitad del cuerpo en el abismo al vacío y la otra mitad llenarse del todo, de la conciencia. Así me siento. El Ombligo de la Luna me ofrece una bajara de posibilidades, alientos que desbordan deseos móviles y fijos. ¿Quién podría decirse que está en el centro, en el pleno centro, si La Ciudad, el Ombligo de la Luna rompe y atrae cada fórmula y viento, palabra y agonía, sonido y silencio?

6.23.2010

Y te tardas la vida esperando,
rezando por cada minuto que pasa en las horas.
Se siente lejos, tan lejos que ni la ausencia
logra tocarnos los tobillos con una pinza de laurel,
con una marca que se piensa en travesía, en ejercicio.
Pero un día llega, en el aliento, y la tienes,
y pesa saber que la tienes.
La logras sacar de un respiro, de una oclusión, de un grito,
la palabra se viste en tu locura.